En el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, Gente RD llama a la empatía, la inclusión y el respeto a la neurodiversidad.
SANTO DOMINGO. – En el marco del Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, en Gente RD elevamos una reflexión necesaria: entender que el autismo no es una enfermedad, sino una forma distinta de percibir y habitar el mundo.
Tener un niño con Trastorno del Espectro Autista (TEA) implica enfrentar múltiples retos. Desde el acceso a la educación adecuada hasta los altos costos de terapias, medicamentos y acompañamiento especializado, muchas familias se ven obligadas a reorganizar completamente su vida. En numerosos casos, padres y madres deben multiplicar sus ingresos para poder sostener estas necesidades, mientras buscan garantizar estabilidad y bienestar a sus hijos.

Sin embargo, más allá de lo económico, existe una batalla aún más compleja: la lucha contra la incomprensión social.
Durante años, la sociedad ha etiquetado como “problema” todo aquello que se sale de lo común. Esto ha afectado no solo a niños con TEA, sino también a quienes viven con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Se les ha mirado como si necesitaran ser corregidos para encajar en un molde que nunca fue diseñado para ellos. Pero esa mirada, además de incompleta, resulta profundamente injusta.
El psicólogo y terapeuta especializado en autismo, Heisenberg Drullarg, explica que esta condición puede estar asociada a factores genéticos, neurológicos e incluso gastrointestinales. Señala que muchos niños presentan sensibilidad a estímulos, dificultades para adaptarse a cambios y conductas repetitivas. También advierte que condiciones como la epilepsia pueden estar vinculadas y agravar el cuadro.
Además, destaca el aumento en la prevalencia: en algunos países, uno de cada 34 o 36 niños se encuentra dentro del espectro.
Pero más allá de las cifras, la verdadera comprensión nace desde la experiencia.
Hablar de esto no es algo lejano. Muchas personas adultas reconocen en sí mismas características del TDAH: una mente que se mueve rápido, que se dispersa, pero que también crea, siente y percibe con intensidad. Esto refuerza una idea clave: no se trata de una enfermedad, sino de una manera distinta de procesar la realidad.
Un niño con autismo no vive aislado; vive a su manera. Encuentra seguridad en lo predecible, se comunica con códigos propios y percibe el mundo con una sensibilidad única.
Un niño con TDAH no es “incontrolable”; es alguien que siente y piensa en movimiento, que necesita comprensión más que corrección.
El verdadero desafío no está en ellos, sino en nosotros como sociedad.
Cuando una maestra entiende que un niño con TEA no evita el contacto por rechazo, sino por sobrecarga sensorial, la relación cambia. Cuando un padre comprende que su hijo con TDAH no desobedece, sino que intenta organizar impulsos que aún no domina, la convivencia mejora. Y cuando el sistema educativo acepta que no todos aprenden igual, se construye un camino más justo.
Reconocer estas diferencias no es un acto de lástima, sino de respeto.
Estos niños no necesitan ser “arreglados”. Necesitan ser escuchados, comprendidos y acompañados. Necesitan espacios donde puedan ser ellos mismos sin miedo, donde sus diferencias no sean motivo de exclusión, sino parte natural de la diversidad humana.
Al final, la lección es clara: la diversidad no es un problema, es una riqueza.
Y entenderlo no solo transforma sus vidas… también transforma la nuestra.
