La edición 2026 de la Feria Internacional de Turismo (FITUR) tuvo a México como país invitado. El escenario parecía inmejorable para que el gigante turístico de la región desplegara todo su músculo: un pabellón de aproximadamente 1.800 metros cuadrados, más de un centenar de co-expositores y una narrativa territorial que recorría el país de norte a sur, de este a oeste. Un despliegue contundente, pensado para reafirmar un liderazgo histórico en el Caribe ampliado.
Frente a ese Goliat, la presencia de la República Dominicana resultaba, a primera vista, modesta en términos de dimensiones. Un stand visiblemente más pequeño, sin la grandilocuencia espacial del anfitrión. Sin embargo, la feria —como suele ocurrir— no se ganó en metros cuadrados, sino en estrategia y en capacidad de conexión con el público profesional y mediático.

México apostó por una exposición centrada en imágenes, videos y referentes culturales que daban cuenta de la vastedad de su territorio, así como en personajes alusivos a su acervo cultural. República Dominicana, en cambio, entendió algo clave: FITUR no es solo un escaparate; es un escenario vivo. Por ello, su propuesta se articuló en torno a una agenda dinámica que integró cultura, gastronomía, música, danza y encuentros constantes con actores clave del sector. Cada jornada dominicana tuvo su pulso propio.

Al frente de esa estrategia estuvo el ministro de Turismo, David Collado, quien, junto al sector privado, asumió el liderazgo de una participación cohesionada, activa y claramente orientada a resultados. No fue una presencia contemplativa, sino una ejecución calculada, en la que cada detalle —desde la programación hasta el relato— sumó.

El respaldo empresarial fue determinante. El acompañamiento de Grupo Piñero, liderado por Encarna Piñero, presidenta de Inverotel y en lo privado del Grupo Piñeiro y la cadena hotelera Bahía Príncipe, aportó peso estratégico a la delegación dominicana. Desde ese escenario se anunciaron alianzas relevantes y se asumió la presidencia pro tempore de la Agencia de Promoción Turística de Centroamérica, lo que reforzó la visión regional del país y su rol articulador en el istmo y el Caribe.
En términos visuales y sensoriales, el stand dominicano compensó el tamaño con experiencia. Grandes pantallas LED proyectaban imágenes de su bandera tricolor, de cascadas, de bosques, de playas y del majestuoso tránsito de las ballenas jorobadas. Todo acompañado por un sistema de sonido que envolvía al visitante en una atmósfera cálida y reconocible, esa que conecta emocionalmente con el destino antes incluso de comprar el boleto.

La agenda cultural dominicana se apoyó en su nueva campaña promocional “Saborea el paraíso” con degustaciones de productos locales y platillos más emblemáticos del país, presentando artistas en vivo, coordinando clases de baile, exposición de artesanos y a su vez mostrando la gracia de un país que promueve el baile y los sabores como sus grandes aliados para momentos memorables.
El despliegue mediático fue otro punto de inflexión. Más de 150 comunicadores dieron cobertura activa a la participación dominicana, en su mayoría respaldados por el sector privado. La agenda noticiosa del país marcó ritmo dentro y fuera del recinto ferial, superando en visibilidad a la del país invitado. Un dato que no pasó desapercibido, ni siquiera para periodistas mexicanos presentes en la feria, quienes reconocieron públicamente el nivel de organización y el cuidado en los detalles de la delegación dominicana.
Quienes presenciamos el desarrollo de FITUR desde sus primeras horas observamos con atención ese contraste: un México que inauguraba con orgullo su imponente pabellón y una República Dominicana que, sin prisa, pero con firmeza, fue construyendo su narrativa jornada tras jornada. No se trató de llegar primero, sino de competir mejor.
La metáfora terminó por cerrarse sola. El ministro dominicano se llama David. El rival, sin nombre propio, pero con peso histórico y territorial, desempeñaba el papel de Goliat. Y una vez más, quedó claro que en el turismo contemporáneo ganan la estrategia, la autenticidad y la capacidad de emocionar.
En FITUR 2026, David volvió a vencer a Goliat. No como recurso literario, sino como lección práctica de cómo un destino puede imponerse en el escenario global cuando entiende que el verdadero tamaño se mide por el impacto, no por la superficie.
